Hopper, «Hotel Room»
La joya del museo: la soledad urbana de Edward Hopper condensada en una habitación de hotel de 1931.
El Thyssen es el museo que cuenta la historia de la pintura casi de un tirón: de los primitivos italianos y flamencos a las vanguardias del siglo XX. Si vas con poco tiempo, esta es la selección de obras maestras y salas imprescindibles, ordenadas por plantas para no perderte nada.
Ocupa el Palacio de Villahermosa, en el Paseo del Prado nº 8, y forma con el Prado y el Reina Sofía el llamado Triángulo del Arte. Su colección se recorre con calma en hora y media o dos horas. Para organizar la visita puedes ver qué incluye la entrada y consultar los horarios y precios.
Para dedicar el tiempo a mirar cuadros y no a hacer cola, reserva la entrada a la colección permanente con confirmación inmediata a través de Civitatis. Y si vas a ver también el Prado o el Reina Sofía, valora el abono Paseo del Arte.
Ver disponibilidad (desde 14 €) →El museo está pensado para recorrerse de arriba hacia abajo, siguiendo el orden cronológico de la pintura. A modo orientativo (la ubicación de las salas puede cambiar por reformas o exposiciones temporales, confírmalo en el museo), así se reparte la colección:
Consejo: si el tiempo aprieta, empieza por la 1ª planta (impresionismo) y la baja (siglo XX), que es lo que menos verás en el Prado.
Aquí arranca el recorrido, con la parte de la colección que dialoga directamente con el Prado, pero desde otra mirada. Es el bloque más "clásico" y el que reúne algunos de los retratos más famosos del museo.
El Retrato de Jesús entre los doctores de Alberto Durero es una de las joyas de la pintura alemana del Renacimiento, con ese detallismo casi de orfebre que caracteriza al artista. En estas salas se ve cómo el retrato dejó de ser un encargo religioso para convertirse en un género en sí mismo.
Uno de los cuadros que más gente busca: el retrato de Enrique VIII de Inglaterra pintado por Hans Holbein el Joven. Es la imagen que ha fijado en el imaginario colectivo el rostro del monarca —corpulento, cargado de joyas y poder— y una lección de cómo la pintura servía también de propaganda política.
La Santa Catalina de Alejandría de Caravaggio muestra su famoso claroscuro: una luz dramática que saca a la figura de la penumbra y la vuelve casi tangible. A su alrededor encontrarás pintura barroca italiana, flamenca y española que completa el discurso de los maestros antiguos.
Para mucha gente, esta es la razón para venir al Thyssen. Reúne una de las mejores colecciones de impresionismo y postimpresionismo que pueden verse en España, algo que ni el Prado ni el Reina Sofía ofrecen con esta profundidad.
El impresionismo francés está muy bien representado: los efectos de luz y agua de Claude Monet, las bailarinas y escenas de movimiento de Edgar Degas y la pincelada luminosa de Pierre-Auguste Renoir. Es la sala ideal para entender cómo la pintura salió del taller a captar la vida al aire libre.
El postimpresionismo trae el color y la emoción a primer plano. De Vincent van Gogh destacan sus paisajes de pincelada vibrante, y de Paul Gauguin, las composiciones de color plano y aire simbolista que anuncian ya el siglo XX. Son obras que preparan el salto a las vanguardias de la planta baja.
El tramo final es el que hace único al Thyssen: aquí está el siglo XX y, sobre todo, la pintura estadounidense, poco presente en otros museos españoles.
La obra más icónica del museo es «Habitación de hotel» (Hotel Room, 1931) de Edward Hopper: una mujer sentada en la penumbra de un cuarto anónimo, con un horario de trenes en la mano. Es la esencia de Hopper —la soledad urbana, la luz cortante, el silencio— y por sí sola merece la visita para muchos viajeros.
Vasili Kandinsky está representado en el paso de la figuración a la abstracción, con composiciones donde el color y la forma se independizan del mundo visible. A su lado, el expresionismo alemán (el grupo Die Brücke, entre otros) aporta algunas de las salas más intensas del recorrido.
El expresionismo abstracto llega con Mark Rothko y sus grandes campos de color, pensados para envolver al espectador. Cierra un recorrido que, en apenas dos horas, va del oro gótico a la abstracción contemporánea.
Entre la pintura del siglo XX no falta Balthus, con su figuración enigmática e inquietante, a contracorriente de las vanguardias de su tiempo. Es un buen ejemplo de lo variada que es la última etapa de la colección.
Si solo pudieras ver un puñado de obras, empezaríamos por estas.
La joya del museo: la soledad urbana de Edward Hopper condensada en una habitación de hotel de 1931.
El retrato que fijó para siempre la imagen del rey de Inglaterra, obra maestra de Hans Holbein el Joven.
Una de las mejores salas de impresionismo de España: luz, agua y movimiento a pincelada suelta.
El color como emoción: los paisajes vibrantes de Van Gogh y el simbolismo de Gauguin.
El claroscuro llevado al extremo: luz dramática y realismo en un icono del Barroco italiano.
Del nacimiento de la abstracción a los grandes campos de color del expresionismo abstracto.
Sus obras completan lo que cuentan sus vecinos: en el Prado, la pintura clásica española y europea; en el Reina Sofía, el arte del siglo XX y el Guernica. Juntos forman el Paseo del Arte.
Todo lo que necesitas para organizar tu día en el Thyssen.